miércoles, 11 de noviembre de 2015

Sangre roja y escarcha plateada

Caminando por unas calles desconocidas, el paisaje fue palideciendo hasta quedar del color de los periódicos viejos, el cual se fue tiñendo del rojo de la sangre que volaba por el aire cuando las balas se encontraban con los cuerpos de los transeúntes aterrorizados. De repente, entré en el cuerpo de un niño de camisa amarilla y overol verde. Siendo ese pequeño, alcancé a ver de lejos a la niña que siempre me había gustado. Siempre tan bella, con vestido rosado, medias blancas y zapatos de charol negro.

Sin saber por qué yo gozaba de cierta inmunidad y corrí hacia ella para resguardarnos junto. En mi camino hasta su mano alcancé a ver un cuerpo que mientras caía iba siendo despojado de su piel hasta quedar en los huesos con tan solo un parche de músculo en la espalda. Después de sobreponerme al impacto de esa escena, alcancé a la niña de mis ojos y nos ocultamos en la habitación de un hotel en ruinas.

Yo la amaba tanto que no quería que sufriera por lo que afuera estaba sucediendo, entonces la distraje con bromas y con juegos, hasta que intempestivamente un hombre gigante vestido de militar abrió con vigor la puerta. Por alguna razón que aún no comprendo, se enterneció con nuestra escena infantil y no solo nos perdonó la vida, sino que le pidió a dos mujeres de su tropa que nos pintaran la cara con escarcha plateada.

¡Fuimos profundamente felices!

viernes, 10 de julio de 2015

Renacer

Hace una semana morí. Me he negado a aceptarlo. Me he aferrado a personas, objetos y recuerdos para evitar el dolor de no existir. Pero esa huesuda que en sueños me lo había advertido, finalmente me ganó la batalla.

Lo que más cuesta de morir es la parálisis, darte cuenta que no puedes mover tu cuerpo que en minutos será el festín de miles de bichos subterráneos que ni siquiera habías alcanzado a fabricar en tus peores pesadillas.

El miedo que experimenté cuando descendí a las profundidades y comenzaron a echarme tierra encima no se lo deseo a ningún mortal, pero lo que más me aterrorizó fue ver que una horda de insectos salvajes se acercaba con determinación a ese cuerpo al que estaba tan apegada por todo el placer que me había permitido experimentar. Los alaridos que se desprendieron de mis entrañas fueron inútiles, pero cuando estaba al borde de la desesperación me sorprendió darme cuenta que ya no podía sentirlos…

Experimenté alivio, por primera vez comprendí que soy consciencia y que el cuerpo es el carro que Dios nos presta para viajar por la dimensión física, para experimentar con los sentidos la belleza de la existencia, la alegría de un abrazo, la sal del mar, el calor del sol, la saliva del ser amado. Continué observando con serenidad cómo los insectos se comían mi cuerpo, pero cuando recordaba que ya nunca más luciría como antes el dolor se volvía a apoderar de mí. Luché contra esa emoción amiga de la vanidad durante tres horas o tres noches o tres siglos, ya ni sé, porque ahí comprobé que es real eso de que el tiempo no existe.

Cuando pude entregarme a la muerte bailamos el más dulce bolero, volví al útero de la madre tierra, observé con alegría que mis desechos -que ya no eran míos- alimentaban a preciosos animales que equilibran la vida en el planeta azul y mezclada con ellos me convertí en el compost más fértil que jamás haya podido preparar para mis plantas.

En todo ese proceso, sentí la lluvia, bendije el agua y el viento en un soplo trajo una pequeña semilla. Me abrí con todo el amor nunca antes experimentado y permití que se fecundara dentro de mí…


El universo me tendió una maravillosa trampa para que yo volviera a florecer… Comprendí eso que las sabias ya me habían enseñado sobre los ciclos de la mujer, de la luna, de la vida. ¡Conocí la alegría de renacer una y otra vez!



martes, 13 de enero de 2015

Gracias totales



En diferentes periodos de la vida, especialmente a partir de la adolescencia, una comienza a reprocharles un montón de cosas a los padres que el tiempo y las experiencias finalmente te reconcilian con ellas. Porque son aspectos que negamos de nuestra propia esencia, pero que cuando aceptamos podemos sacarle el mayor provecho para los proyectos personales. Después de eso, viene una sensación de gratitud inmensa porque a pesar de las diferencias entre esos seres que nos han acompañado y nos acompañarán gran parte de nuestra vida, nos damos cuenta que fueron los mejores padres que podríamos haber tenido.

Esta reflexión me surgió hoy cuando, por la prensa, me enteré de un concurso de belleza infantil en Santander denominado Miss Tanguita. Al ver las imágenes y leer el artículo sólo tengo palabras de agradecimiento con mi mamá y mi papá porque me enseñaron a leer a los 5 años, porque a los 6 me entraron a clases de natación, me regalaron mis primeros patines y me enseñaron a montar en bici, porque a los 8 me regalaron El Principito, porque me dejaban jugar en la calle, porque me ayudaban a hacer las tareas, porque me llevaban a cine y porque no teníamos televisión. 

También recuerdo que mi mamá nos hacía a mi hermana y a mí unas trenzas hermosas para que no nos pegaran los piojos en el colegio y que también nos dejaba jugar con su maquillaje y con sus tacones, pero siempre como una aventura más. Debo agradecer que nunca nos impusieran la belleza como el principio de la vida de la mujer. ¡Gracias totales!

martes, 6 de enero de 2015

El polo a tierra de una volátil



Una foto publicada por Eli (@eliduquea) el

No me interesa en absoluto una vida convencional, las relaciones tradicionales ni un empleo común. Me fastidian las etiquetas y los imperativos sociales los cuales, si me descuido, terminaría por imponérmelos yo misma. Siento interés por varias cosas al mismo tiempo y aunque en un momento eso me acomplejaba porque la norma social dicta que para ser bueno tienes que dedicarte a una sola cosa, luego me di cuenta que mi fuente de gratificación es la variedad y eso sin contar con que ya no me importa si los demás piensan que soy buena en algo, si yo lo disfruto, con eso basta para llenarme de felicidad. 

Y pues sí, renuncié a un empleo estable porque me cuesta cumplir horarios, porque después de cuatro años no encontraba nada nuevo para aprender y porque las tardes soleadas que alcanzaba a ver desde la oficina terminaron convenciéndome de saltar de ese barco así tuviese que nadar kilómetros. A eso me dediqué, a nadar y vendí el carro y me compré una cicla… ja! sí, es cierto, eso me llena de una secreta satisfacción que hasta hoy me atrevo a confesar. 

Obviamente, empecé a mover más mi cuerpo y mi mente, eso hizo que mi salud mejorara considerablemente y las lumbalgias que me atormentaron por casi cuatro años prácticamente desaparecieron. Las relaciones tormentosas también las dejé atrás, como ya dije no puedo con el control y esas cadenas aunque me costaron un poco más también las rompí. Con estas decisiones noté que mi vida fue fluyendo y mágicamente apareció una buena manera de solucionar los asuntos económicos propios de este mundo terrenal al que tanto me ha costado adaptarme. 

Aprendí que lo mío es el agua y el aire, el fuego arde en mi corazón a través del amor que me inspiran los animales, las plantas y algunos humanos y, como es evidente que necesito un polo a tierra, encontré en el cultivo de plantas una forma, muy a mi manera, de echar raíces.